Ante el amplio rodeo que le precedió, muy pocos creían que la agresión militar norteamericana sería posible, tampoco que sus efectos serían los que se han generado. A un mes de los eventos del 3 de enero en Venezuela, atravesamos por lo que bien podríamos llamar un reseteo político. Las piezas del tablero se han movido. Todas. El chavismo ha mutado: cambió el tono, los rostros, las decisiones. La oposición radical, desconcertada tras el desplante de Trump al liderazgo de María Corina Machado luego de la captura de Maduro, maniobra desde el exterior apelando a un nuevo lenguaje que introduce “el factor pueblo” como herramienta para desestabilizar el orden emergente que el chavismo produce y que Estados Unidos, interesado en la estabilidad de los negocios, valora.
Mientras tanto, las pequeñas organizaciones que hace meses clamaban solas por derechos y garantías democráticas comienzan a ocupar espacios, a articularse mejor, a ser escuchadas. Y la sociedad —agotada políticamente y devastada económicamente— sin detenerse en debates ideológicos sobre la soberanía, empieza a proyectar sus esperanzas en las promesas de inversión petrolera que llegan desde el norte. Con timidez, con cautela, la gente vuelve a hablar de política, pero desde lo concreto: mejoras en las condiciones de vida, soluciones tangibles y el regreso de sus hijos de las cárceles o del exterior. Todo esto revela que el reseteo ha dejado abiertos, sin definición clara, los sentidos que ordenan la vida colectiva.
Por ello, se vive un momento radicalmente político. Un nuevo proceso de reagrupamiento social que ha dejado en luto y desconcierto a los polos que, hasta hace un mes, controlaban los términos del conflicto. Las bombas que cayeron sobre puntos clave de Caracas no solo sacudieron el suelo: hicieron estallar las certezas que sostenían la lógica del conflicto venezolano.
El chavismo, aún en control del Estado, pero sin capacidad de defensa militar ni margen frente a la ostentación de poder que EE.UU. ejerce sobre el país, ha optado por comenzar a abrir el espacio político: reconoce —aunque sin profundizar— sus errores y produce gestos: liberación de presos por razones políticas, contención del patrón de amedrentamiento estatal, creación de espacios para el diálogo plural, y el anuncio de una Ley de Amnistía General. No es un nuevo momento especialmente económico, más bien es un nuevo momento intensamente político: nuevas posibilidades para articular un cambio en las formas a través de las cuales se lucha por los consensos que organizan la sociedad, dentro de los cuales el sentido del gobierno económico y el significado de la soberanía resultan los más trastocados.
Frente al pesimismo impotente de una izquierda que ve solo tutelaje y catástrofe frente a la doctrina Monroe, y a la desesperación de una derecha que saliva por arrasar con lo que queda del Estado que aún sigue sosteniendo a la República, emerge una corriente de fondo.
Una que al beber de múltiples posicionamientos se articula bajo una estrategia de mínimos y busca construir condiciones para una democratización sostenible que permita recobrar soberanía. Nótese que esta corriente renuncia a las vías rápidas de la tradicional lógica de ruptura que ha hecho del refundacionalismo estatal el rasgo que ha caracterizado la historia política del país, para enfrentarse a la compleja tarea de recoger los pedazos de la porcelana rota que nos constituye y componer una nueva pieza en la que nos podamos reconocer.
Queda por ver si las nuevas identidades hegemónicas que conducirán a Venezuela serán capaces de renovar las premisas del orden —no solo el chavista, sino el orden resultante del conjunto de producciones políticas de la larga democracia venezolana, desde 1958 hasta hoy— o si, por el contrario, serán el resultado de otra nueva gran ruptura radical con el pasado, el mecanismo habitual de producción de poder en el país.
Ante la complejidad de resolver un conflicto político de larga data en medio de la radicalización de la condición colonial que el país arrastra desde que descubrió estar asentado sobre una fortuna petrolera, existen razones para pensar que hoy —cuando los extremismos acusan moderación tras el derrumbe de sus estrategias— se abren condiciones para construir, menos desde los intereses de grupos, y más desde el acervo democrático e institucional del país. Una nueva refundación del Estado liderada por cualquier extremismo que, como en el pasado, vuelva a excluir a sectores importantes de las decisiones sobre la vida colectiva, nos condenaría a permanecer atrapados en la historia de vendettas que debilitó tanto a la república, que llegó el día en que una fuerza extranjera creyó que podía profanar nuestro suelo soberano, y lo hizo.
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